
Hay puertas que gruñen sordamente al cerrarse
y esconden con selo de animal
un enjambre de chácharas.
Hay puertas que se azotan de golpe
y cortan el hilo del oído
con guillotinas verticales.
Hay puertas que son una extensión de la pared
y otras batientes por las que se asoma
la dentadura postiza de la casa.
¿Quién no ha escuchado
en noches de ventisca y perros
la sinfonía de las puertas, las bisagras
que sólo tocan la nota del desprecio
y nos dejan sonriendo a la intemperie
como lobos debajo de la lluvia?
Hay puertas que conocen bien nuestras narices
y otras que solamente atraviesa el fantasma
inocuo de la mente.
Hay puertas que son tambor desesperado
y otras más tristes que al cerrarse
apagan algo dentro
como cajas de música.
Luigi Amara




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